Siempre he visitado hoteles con todas las instalaciones, pero esta experiencia marcó mi vida. Sin televisión y sin distractores disfruté cada minuto con mis hijos. Jugamos cartas a la luz de un quinqué (aunque si hay luz eléctrica), cerca de la chimenea, nos dieron deliciosas margaritas y palomitas recién hechas. Los anfitriones Diego y Ana son gente buena y amable que te hacen sentir parte de su familia. El paseo a Cerro del Gallego me pareció un poco caro, pero vale la pena. Además como Diego conoce a mucha gente, puedes conocer mucho de la comunidad. La comida es sencilla pero muy bien preparada y las habitaciones muy limpias. Si hubo mucha agua caliente para bañarnos y no tuvimos ningún contratiempo. Deseo volver pronto y lo recomiendo ampliamente.
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