El 18 de diciembre en la noche entré a su hotel, nerviosa, con mil
pensamientos que llenaban mi cabeza después de un viaje lleno de
tensiones. La amabilidad y discreción del caballero que me recibió me
hicieron respirar profundo y parpadear.
Después de ese parpadeo y hasta el día de mi salida, mis ojos pasaron por
cada uno de los detalles que adornan los espacios que envuelven el
destiempo. Sí, me gusta esa palabra porque entrar a Villa Ganz es dejar
de estar en el ajetreado ir y venir de los días, y dejarse arrullar por
las campanas de la iglesia que a lo lejos se dejan sentir, mientras la luz
de las velas alumbra la escalera que conduce hacia la habitación, un
adorable rincón en el que la magia se vuelve realidad al ser percibida a
través de los colores armoniosos y los muebles antiguos que dan el confort
de la modernidad.
El sonido del tren se dejó sentir, lejano, como un susurro que transporta
la memoria a los tiempos en que Juan Rulfo escribiera Pedro Páramo y,
entonces, como en su novela, mi habitación me recibió: "-Soy Eduviges
Dyada. Pase usted.
Parecía que me hubiera estado esperando."
Gracias, gracias al hombre que estuvo pendiente de la chimenea para que no
tuviera frío durante mis desayunos, gracias a la señora que con una gran
sonrisa me ofreció un platón con fruta hermosamente dispuesta, gracias por
el café, el vino, los chocolates, gracias a los jóvenes que me recibieron
con tanta amabilidad cada vez que atravesé el porche, gracias a la
camarista que estuvo pendiente de cada detalle en mi habitación, gracias
por las rosas rojas que adornaban los rincones, por el jardín y sus
olores, por las velas que invitaban a soñar.
Gracias a la vida por la oportunidad de haber pasado el solsticio de
invierno en medio de una calidez tan especial.
Peregrina.http://joyazul.net/
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