El hotel en grandes rasgos es antiguo y acogedor. Lo que más me ha gustado de todo es su localización, con parada de autobús al aeropuerto a 2 minutos y se puede ir a pie a cualquier parte del centro sin problema. Las zonas comunes están bien cuidadas, todo está en un tenue ambiente acogedor y el personal es muy amable.
Sirven desayunos y comidas. El desayuno es tipo buffete y asciende a 9,50 euros y está compuesto de huevos, judías, bacon, salchichas, cereales… y demás típicos del Irish Breakfast. No está nada mal, pero fuera del hotel hay mejores opciones.
El bar del hotel es tranquilo, con buena música, acogedor y no excesivamente caro.
Las habitaciones me gustaron un poco menos, aunque disponen de nórdico y dos almoadas por persona, la moqueta del suelo pide a gritos que la cambien y la ducha era muy antigua, complicada de manejar. Lo bueno es que dispones siempre de jabones para las manos y el cuerpo, secador de pelo (en un cajón!) y televisor de plasma, además de wifi gratuito y caja fuerte también gratuita. La mala impresión son la suciedad de la moqueta y el aspecto demasiado “rancio” de las habitaciones. No tiene balcón ni terraza, pero teníamos vistas al teatro Gate.
En general no ha estado nada mal, pero creo que para mantener las tres estrellas deberían pensarse el tema de remodelar aquello un poco, tanto las habitaciones como los baños.
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