Se trata de un buen hotel situado en un castillo decimonónico en el norte de Dublín, en una zona residencial tranquila y grata. El autobús de línea que se toma casi en la misma puerta del hotel te deja en 20 minutos en el centro de la ciudad. No vale la pena tomar un taxi, por supuesto.
La recepción y las zonas comunes (restaurantes, Tea Room, etc) ocupan el viejo castillo, las habitaciones un edificio también antiguo pero perfectamente remodelado. Hay suites con capas con dosel y salitas, y habitaciones más "internacionales" que son las que ofrecen en los paquetes de viajes. Pero éstas últimas están recientemente renovadas, limpias, con todo el mobiliario nuevo (quizás sobra la chaise-longe, pues tampoco son excesivamente grandes), y sobre todo, decoradas con un buen gusto moderno que rememora el esplendor irlandés. Es muy confortable y el aspecto de casi estrenar la habitación lo hace verdaderamente agradable.
El desayuno es muy bueno (no hay demasiada variedad, pero esto es habitual en los hoteles irlandeses), continental o irish. Más que suficientemente correcto. La comida muy buena.
La recepción constituye un espacio de gran altura, monumental , pero no es ni incómodo ni demasiado grandilocuente.
El parking, cómodo y holgado. Y desde el aeropuerto se llega fácilmente (coche de alquiler: hay que ser valientes).
Y la atención y el servicio realmente exquisita. Por lo menos, con nosotros, fueron de una gran amabilidad.
En resumidas cuentas, un hotel no "con encanto" pero muy bueno. Absolutamente recomendable para todo tipo de personas.
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