Hemos pasado 5 noches (principios julio 2009) en este hotel y si bien teníamos nuestras reservas sobre la idoneidad de la elección, a las 24 horas nos dimos cuenta del acierto.
El servicio de recepción fue correcto, ello a pesar de que hay un recepcionista con gafas que pasa un poco.
La habitación que nos asignaron era lo suficientemente grande para que los 3 (padre, madre hijo de 10 años) nos desenvolviéramos sin estrecheces. Decoración minimalista, camas cómodas.
El cuarto de baño muy amplio y con el inodoro independiente. Muy bien, nos permitía solapamiento sin interferencias, con el consiguiente ahorro de tiempo.
La limpieza magnífica, tanto suelos (moqueta) como sábanas, toallas, sanitarios. Cambios y limpieza diaria. Muy bien.
Nuestra habitación estaba encima del bar del hotel y daba a la calle de atrás de Lafayette. No tuvimos que sufrir esos ruidos que algún cliente cita. Dormimos de maravilla. Ni por las mañanas había trasiego. El descanso, después de jornadas agotadoras, fue pleno.
El desayuno muy correcto. Sin excesos, pero con lo necesario: jamón york, salami, mantequilla, mermelada, croisanes, bollitos con chocolate, bollos con pasas, yogures, zumos, y el café o infusiones servidos con elegancia en jarras personales.
Nada que aportar adicionalmente a su excelente ubicación. La estación de metro y de RER Gare du Nord nos permitió movernos hacia todos sitios, y estaba a menos de 1 minuto a pie desde la recepión. ¡Un lujo!
La zona dispone de variada oferta en hostelería, incluso enfrente de la estación du Nord hay un restaurante de renombre. No obviar que a través de la c/ Dunkerque, se está a 15 minutos andando de Montmartre.
Solo un pero. Si vas demasiado tarde al hotel, puedes ver pintas raras, aunque nosotros no tuvimos problemas. Y otro más: la recepción huele a atarjea, auque se nota que intentan disimularlo o paliarlo.
Lo dicho: nos no importaría repetir.
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