Sería interesante saber cómo se las han apañado los amigos del hotel Bristol para hacerse con esas tres estrellas. ¿Buenos contactos con el departamento de turismo galo? ¿Técnicas de ultimísima generación para disuadir a los inspectores? ¿Es su directora prima lejana de Sarkozy?
Pasé en ese hotel una noche con mi pareja. Una sola noche, a pesar de que nuestra estancia estaba prevista para todo un fin de semana. Nos dieron una de las habitaciones que dan al Canal du Midi. Dos camas. 90 euros la noche sin desayuno.
La primera impresión al acceder a la habitación no fue del todo mala. Pero en eso consiste el hotel Bristol, supongo: en la pura apariencia a simple primera vista.
Las mantas, repletas de pelusilla, daban tanta grima que uno tenía que ingeniárselas para no tocarlas accidentalmente mientras dormía. Las toallas eran la antítesis de la suavidad, e incluso diría que con ellas podría rayarse queso. Pero lo peor de todo, lo más surrealista, era el retrete. Separado del baño y metido en una especie de armario sin las más mínimas condiciones higiénicas, apestaba a orina y el suelo, como de una especie de uralita, estaba pringoso. Era sencillamente asqueroso, ni más ni menos que como los típicos lavabos públicos, y esa olor nauseabunda se te pegaba en la pituitaria y no te abandonaba durante un buen rato.
Pero eso sólo era una pequeña muestra de lo que el hotel Bristol nos tenía reservado para hacer de nuestra estancia una experiencia inolvidable. Al llegar las once de la noche, tras un agotador día de viaje y paseo por la ciudad amurallada de Carcassonne, descubrimos de repente que justo debajo de nuestra habitación, en el edificio colindante, había una discoteca. El chumba-chumba empezó a retronar incesantemente, amenizando nuestro irreconciliable sueño desde Lady Gaga hasta Ricky Martin, pasando por todo un mejunje de la más manida música disco internacional. Y así hasta las dos de la madrugada.
Tras formular la pertinente queja a la recepción hacia eso de las doce de la noche por lo del retrete y lo del hilo musical y volver con un bote de lejía como única respuesta, al día siguiente la señora directora, que ni tan siquiera nos miró a la cara, le espetó de mala gana a la amable recepcionista que ni hablar de rebajarnos (a propuesta de la recepcionista, por cierto) el precio de la habitación a la mitad por las molestias ocasionadas. Cóbrales 70 euros, y que se vayan ya.
Esa fue nuestra genial experiencia en el no menos genial hotel Bristol de Carcassonne. ¿Que si se lo recomendaría a un amigo? Ni al más asceta de los cátaros del antiguo Aude.
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