Cuesta abandonar la habitación de este encantador hotel, que bien podría aparecer en las guías turísticas como uno de los atractivos monumentos a visitar en esta preciosa ciudad. No sabría elegir entre la atención y el trato de los empleados, el diseño del hotel y su exquisita decoración, los detalles en cada pequeño rincón o las sorpresas que te reciben al entrar, ya caída la noche, cuando los viajeros regresamos a la habitación. Nos alojamos en Anahita, con su precioso palomar, del que no quieres cerrar nunca los postigos de las pequeñas ventanas que rodean esta sala, que al abrirse, a la luz del atardecer, descubren una perspectiva de ensueño de la ciudad. En definitiva es un espacio inmejorable.
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