Quizá hace décadas fue un hotel de lujo. Hoy no.
La relación calidad-precio es desproporcionada.
Los desayunos no están acorde a su precio, la oferta de fruta es escasa y de poca calidad. Parece que les cuesta preparar los platos de huevo, casualidad que cuando vas a pedir algo no está el cocinero.
Nos dieron una buena habitación, en una primer piso, con vistas a la impresionante bahía de Palma y a la Catedral. Nosotros no tuvimos problemas de ruidos, aunque sí se percibía algo del intenso tráfico del paseo marítimo y de la discoteca al lado del hotel.
Tiene una piscina interior, es un espacio triste y desangelado; la sauna está apagada, hay que pedir que se conecte, así que entre que se calienta y que la piscinita es deprimente se te pasan las ganas de usarla.
La ubicación, a mi juicio dejó hace mucho de ser ideal. El paseo marítimo tiene un tráfico muy intenso, el hotel está lejos del centro histórico y está rodeado de discos y pizzerías sesenteras.
La entrada principal del hotel está ubicada en una calle horrorosa.
No recomendaría el hotel como destino vacacional.
Los precios son desorbitados para la calidad que ofrece.
Es la segunda vez que me alojo este año en un Gran Meliá y dudo que vuelva hacerlo. Por lo que he comprobado el lujo solo se comprueba a la hora de recibir la factura.
De este hotel lo mejor es el personal, casi todos encantadores.
Un pena.
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