El hotel en su página web describe dos caminos para acceder desde las dársenas de los vaporettos hasta el hotel, una a través de la Plaza de San Marcos, que es la opción más clara y recomendable, y otra a través de la calle Razze, que resulta mucho más liosa. Al llegar con las maletas cogimos la ruta de la plaza y llegamos rapidísimo, pero por la noche, al volver al hotel después de pasar el día fuera probamos por la calle Razze y nos perdimos, y eso con plano, incluso nos encontramos con una pareja de jóvenes franceses también perdidos que tenían una fotocopia parcial de un plano de Venecia y preguntando los cuatro pudimos volver a la plaza de San Marcos. Venecia es un verdadero laberinto medieval. Al llegar se lo comentamos al recepcionista y nos marcó dónde estaba el hotel (aunque ya lo sabíamos), y desde entonces cogimos el mismo camino para volver, a través de la Piazza.
En el hotel estuvimos en la habitación 405, es la cuarta planta, pero hay que subir 14 escalones hasta llegar a la habitación, que no era muy espaciosa pero tenía una preciosa terraza subiendo unos peldaños donde podías sentarte a tomar el fresco, desde ahí se podía divisar el puente de los Suspiros (aunque lo están restaurando y estaba tapado), las cúpulas de la Basílica de San Marcos y el Campanario. La habitación estaba muy limpia y el cuarto de baño alicatado en marmol con bañera pequeñita tipo poliban moderno y mampara de cristal, tenía también bidé, y toallero eléctrico. Quizás echamos en falta algunos productos del set de baño, como esponjita o limpiazapatos, pero nos renovaron los champús y geles aunque no estaban terminados. En dos de las noches nos dejaron bombones encima de la cama, y hasta nos colocaron los pijamas debajo de la almohada. Si vienes acalorado la habitación no es precisamente fresca, aunque tiene aire acondicionado, pero no lo activamos, solo abrimos la ventana ya que no era época de mosquitos. La habitación era abuhardillada, con vigas de madera y las tejas a la vista, las paredes forradas en tela verde, al estilo veneciano, y los muebles clásicos. Disponen de caja fuerte con código.
El desayuno, tipo buffet, no era muy extenso, tenía embutidos, yogures, croissants, mermelada, frutas, zumos, aguas, cereales, galletas, panecillos y bizcocho, pero si quieres huevos, bacon o salchichas son aparte y lo tienes que pagar. La camarera te dice si quieres té, café, cappuccino, chocolate... y te da una pequeña jarrita por persona con el volumen de dos tazas. Los recepcionistas muy amables, saben español, e incluso nos ofrecieron una excusión a Murano y un trayecto en góndola con otros clientes por 30 euros por persona, al final no hicimos nada de eso porque íbamos a ver la ciudad y entrar a la mayor cantidad de museos posibles, con lo que no tuvimos tiempo ni siquiera para ir a Murano ni a Burano.
El único problema que tuvimos fue que al ir a secarme el pelo el secador pegó un chispazo que casi me quedo tiesa. Lo comentamos en recepción, pero cuando volvimos el secador seguía sin funcionar. Menos mal que no era pleno invierno y podíamos secarnos al viento.
El hotel a pesar de estar en una localización céntrica es muy tranquilo, solo que a mí me despertaban las campanas de todas las iglesias de Venecia a las 7 a.m., pero eso no es culpa del hotel, en cambio mi hermana ni se enteraba.
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