Da gusto descubrir sitios así, con gente tan encantadora como los propietarios de este hotel. Clara es sencillamente adorable; una mujer con la que daba gusto charlar, que siempre te ofrecía otro café; o Davide, que te abría la puerta a cualquier hora con una sonrisa de oreja a oreja y que siempre estaba atento a que estuvieras lo más a gusto posible.
El hotel es una maravilla. La decoración es increíble. Es traspasar la puerta y entrar en un oasis de tranquilidad, con un jardín precioso, un salón con un sofá increíble donde daba gusto sentarse a leer o a tomar un vino, una sala de billar, una pequeña habitación para los desayunos (bastante buenos, por cierto, con bizcocho natural y buenísimo capuccino), una biblioteca con una colección fantástica de clásicos, y hasta su propia bodega.
Nuestra habitación era Rosmarino. Grande, con el baño un poco años 70's (aunque están a punto de reformarlo), con una cama comodísima y muebles preciosos. La única pega es que coincidió con una especie de concentración de motocicletas que hacen una vez al año y, como daba a la calle, el ruido era infernal.
No nos cobraron el vino, ni la consumición del minibar, nos dieron agua para el viaje... no es habitual tener la sensación de que te estás marchando de casa de unos amigos. Nos dio una pena tremenda tener que irnos.
Es una joya que recomendaría a todo el mundo (y la zona, aunque lejos de la Costa Esmeralda, tiene muchos lugares por descubrir).
- Lucrezia Hotel Oristano
