Después de un agotador paseo por Pisa desde la estación de tren, Claudia nos recibió literalmente con los brazos abiertos, al grito de "bella, bella, bello". Después nos sirvió una rica tarta casera con un capuchino calentito, con un gato ronroneante en el regazo llamado "albicoque" y luego nos explicó como llegar a la torre en perfecto italiano, pero vamos, que el italiano se entiende.
Sólo estuvimos de paso, pero es un lugar muy acogedor y recomendable. La propia Claudia nos llevó al aeropuerto al día siguiente a las 5 de la mañana, y nos estampó dos besos a cada uno para despedirse. Desafortunadamente no pudismos probar el desayuno casero, pero en todo lo demás cumple sin lujos.
¡Un abrazo desde Tenerife para nuestra anfitriona!
