El hotel es fascinante. Un palacio precioso convertido en hotel. Junto al Auditorio de la Filarmónica de Viena, donde celebran el concierto de Año Nuevo. Está en el mismísimo centro, caminando se llega en pocos minutos a cualquier punto del centro de la ciudad. Las habitaciones son amplias y las camas muy confortables y están equipadas con todo tipo de complementos. Se echa en falta internet wifi gratuito. El personal es atento y servicial. Recomiendo pasear por los pasillos de la primera planta subiendo por la escalinata palaciega. Es sorprendente ver algo así en un hotel. El desayuno es de calidad, aunque no muy variado. Está considerado como el mejor de la ciudad, por delante del famoso Sacher. Y desde luego no es barato.
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