Si uno fuera de vacaciones a un lugar de ensueño, desearía alojarse en un hotel distinto, especial. Pues éste es el caso. El hotel une un edificio antiguo con una renovación moderna; una familia que lo regenta desde varias generaciones, con un exquisito trato al cliente; la rapidez y calidad del servicio, con la amabilidad y la cercanía de su familiaridad;... y además...
-La grifería imita la de época, pero es termostática.
-Los jabones son de té verde! la escobilla, de usar y tirar.
-Los cuadros, de punto de cruz, fruto de un incansable trabajo de la "suegra" (anterior generación). Increíbles abecedarios en las habitaciones, escaleras,... Difícil de ver tanto trabajo junto y tan bien expuesto. Tapetes de ganchillo, todo hecho a mano, en un esquisito gusto, sin excesos. Flores naturales en la recepción.
-El sistema eléctrico, medioambiental, se apaga al sacar la llave.
-Hay ascensor, moderno, camuflado en puertas antiguas.
-Bombillas de bajo consumo en preciosas lámparas de época.
-Televisión con pantalla plana.
-Pañuelos en un cubrecaja bordado a mano, cuadros de estilo pirenáico, decoración de esquí y montañismo, ramilletes de edelweiss (de biocultivo) en las mesas del desayuno,...
En fin, un lujo en miles de detalles, uno tiene la sensación de estar en otra época, sin perder una sola comodidad de este siglo. El trato es único (nos acompañaron a la habitación y nos llevaron una bolsa para que fuéramos más cómodos). A doscientos metros del telecabina. El hijo es monitor de la Escuela Francesa de Esquí.
Único y totalmente recomendable.
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