El castillo y sus alrededores parecen salidos de una película, tan romántico es el entorno.
Las habitaciones y los baños son limpios y correctos, la única pena es que no tengan aire acondicionado, pero parece que eso es algo normal en los hoteles de las repúblicas bálticas.
Todo el palacio está amueblado con antigüedades, lo que le da un carácter muy especial. Los espacios comunes son amplios y confortables.
El restaurante es bueno, con un servicio muy eficiente. Desayuno generoso.
