El acceso es por carretera asfaltada, ligeramente difícil de encontrar. La indicación mejor es la de la guía Michelin (consúltala gratis en la red)
El hotel hay que reservarlo directamente por la web. En nuestro caso recibimos un mensaje automático de respuesta de que se pondrían en contacto con nosotros, y nada más. Les envíamos varios correos sin respuesta, parece ser que por un problema de acceso a nuestro correo. Finalmente nos llamaron por telefono y pudimos concertar la estancia. Sería bueno que se pudiese contratar mediante alguna empresa de reservas.
Piden muchas garantías (parece lo habitual en la zona) que resultan algo molestas (quizás hayan tenido cancelaciones indeseadas).
El hotel se encuentra tras la kasbah Cigognes frente a un morabito blanco. Es un conjunto de viviendas asociadas de modo un tanto desestructurado, pero que no carece de encanto.
La decoración es abigarrada, un tanto kitsch en la que se amontonan buenas piezas junto a otras inferiores. Las colchas,cortinas y tapicerías en azul brillante rechinan un tanto. Tiene muchas alfombras, estas sí bonitas, que no te dejan pisar, para lo que te proporcionan unas zapatillas, ¡usadas!
La cena (obligatoria) francamente buena y abundante a un precio más que bueno. Una verdadera diffa (banquete) cuyos platos hay que elegir con antelación.
Las habitaciones buenas. A nosotros nos dieron una superior sin coste (solo estabamos nosotros y un grupo de 3 franceses en el hotel). Si vais más de dos no pagareis por las camas supletorias.
El hotel dispone de un verdadero hamman gratuito, en el que por un precio razonable te harán un gommage (frotado con guante aspero) y un masaje si eres mujer. Mi pareja lo utilizó con agrado pero yo no pude hacerlo porque a mi turno no apareció el gommeur, ni encontré a nadie en recepción (en fin, entiendo que fue un fallo de coordinación).
Las vistas desde la terraza (tés y desayunos), preciosas, principalmente al atardecer cuando las cigüeñas vuelan a decenas sobre el embalse, la luz tiñe a la tierra de rojo y el Atlas presenta su mole blanca en el horizonte.
Tuvieron con nosotros detalles como lavarnos el coche que llevabamos embarrado, y amenizarnos la cena con música. Por supuesto todo eso obliga a la consabida propina, pero en este caso mereció la pena.
