Estuvimos 10 noches, de luna de miel. En un principio pensaba que quizá eran demasiadas noches en un mismo sitio, aunque lo que buscábamos era relax absoluto y evitar al máximo ir con las maletas de isla a isla. De todos modos, se nos hizo corto. Podríamos haber estado 3 semanas más y no se nos hubiera hecho pesado.
Para empezar, llegamos al aeropuerto de Bora Bora y nos vinieron a recogar en un pedazo de yate que nos llevaba al hotel. Aprovecharon el viaje en el yate (algo menos de 10 minutos) para que fueramos haciendo el check in, de modo que nada más llegar ya cogieron nuestras maletas y nos enseñaron el complejo en un coche pick-up. Además, nos hiciero un upgrade a un bungalow OW premier , de 160 m2, con jacuzzi en la terraza (habitación 110). Además, nos recibió un siempre sonriente Jaffar, Assistant to Room Manager, que, para nuestra sorpresa, hablaba español (nos dijo que había estudiado en la prestigiosa Escuela de Hostelería de Marbella).
La habitación era impresionante. A diferencia de otros bungalow OW que vimos en otros hoteles, los del St Regis son tan grandes que no agobia pasar horas dentro de la habitación. El personal del staff es extremadamente atento, empezando por las simpatiquísimas conserjes, el mayordomo, el servicio de habitaciones... Nosotros estábamos en régimen de media pensión y ciertamente es muy recomendable, porque los precios de los restaurantes son bastante caros. Para cenar había 2 restaurantes: (i)el Sushi Take, un restaurante japonés con 6 ó 7 mesas (más sitio en la barra), con buena variedad de sushi; y (ii) el Lagoon, del chef 3 estrellas Michelin Jean Georges, con una terraza con vistas a la laguna en la que tener una auténtica cena romántica a la luz de la vela y con el espectáculo de los peces enzarzados en su caza nocturna a tus pies (de vez en cuando aparece algún tiburón buscando presa). Para comer está el restaurante de la piscina (el Aparima) donde puedes comer hamburguesas, ensaladas y pasta (como he dicho, los precios son elevados, pero en este tipo de hoteles es normal). También hay un excelente servicio de habitaciones, con una amplia carta para comer en el bungalow. Nosotros lo utilizamos un par de veces para comer, pues se nos había hecho tarde por culpa de alguna excursión para ir al restaurante. Una cosa que, por supuesto, hay que pedir como mínimo una mañana es el desayuno en canoa. Te lo traen a la hora que les pidas y lo puedes tomar en la mesa de la terraza, junto al mar.
Con las conserjes puedes reservar cuantas actividades quieras. Tienes una lista completa de excursiones (desgraciadamente ya no hay caballos en Bora Bora para cabalgar a la puesta de sol) y son más que atentos a la hora de reservar cualquier otra actividad que no aparezca en la lista.
La mejor de todas (si bien es cara, 65.000 XPF por persona) es el Lagoon Cruise, con el mítico guía Mareto, un hombre verdaderamente autóctono. Fuimos los 2 solos en la barca por toda la laguna y el espectáculo de dar de comer a las rayas es impresionante. También nos dieron en un motu una comida típica polinésica, a base de cochinillo, pollo, pescado crudo, frutas (el famoso breadfruit, entre ellas)... Había comida para unos 20, aunque éramos sólo 2. Lástima que nos llovió bastante, aunque ni aún así la excursión dejó de merecer la pena.
Otro dia alquilamos una moto náutica y dimos otra vuelta a la laguna, otra experiencia muy recomendable. La suerte de las fechas en las que estábamos era que el hotel tenía pocos huéspedes, por lo que en muchas de las actividades que contratamos estábamos sólos.
Como la experiencia de las rayas fue tan divertida y nos quedamos con ganas de más, cogimos en uno de los últimos días la excursión al Lagunarium, que es una zona vallada dentro de la laguna donde tienen rayas, tiburones y otros peces. Pero después de haberlos visto en mar abierto, dentro de la laguna, no merece la pena, si bien la excursión es corta y el Lagunarium está al lado del St Regis.
Otro día, reservamos mesa para cenar en el famosísimo Bloody Mary, en la isla principal. El barco del St Regis sale del embarcadero del Lagoon y una vez llegas a la base del St Regis en la isla principal, el Bloody Mary se encarga de todo (fletarte un taxi para llevarte al restaurante y el autobús de vuelta a la base). El Boody Mary tiene unos precios muy buenos y la calidad es excelente. Además, también hablan español (yo creo que tenían gente que hablaba en todos los idiomas importantes del mundo), cosa que siempre se agradece cuando vas al otro extremo del mundo.
Ya de vuelta al hotel, como he adelantado, la ocupación no era muy alta. Supongo que por la temporada en la que fuimos (mes de marzo, aún en la temporada de lluvias). De hecho, en la piscina estábamos solos muchas veces y había una gran tranquilidad (nada que ver con los ruidosos resorts de la República Dominicana o Cuba en mes de agosto). Lo mismo en la playa. El encargado de las tumbonas te ponía una funda en la hamaca y te traía una toalla. Asimismo, el bar disponía de barra con asientos en la piscina. En la playa podías coger una canoa para dar una vuelta o incluso un hobbie cat pequeño con el que navegar a vela por la laguna, junto al hotel. Yo no había manejado un hobbie cat en mi vida, pero tras unas rápidas lecciones del encargado de turno, dimos un agradable paseo sin volcar una sola vez!
Más actividades en el hotel: el Spa. Nos había regalado un masaje polinésico para cada uno, pero un día que no hacía muy buen tiempo, contratamos también un masaje de 50 minutos con aceite de monoi. Las masajistas son balinesas y te dejan como nuevo. Y por cierto, muy simpáticas. El Spa tiene además una laguna interna con montones de peces de colores y (dicen) una tortuga, pero es bastante tímida y parece ser que es difícil de ver (de hecho, nosotros no la vimos).
Pero para ver tortugas, una de las actividades que no puede faltar es la visita al criadero de tortugas del hotel Le Meridien. Fuimos una mañana, nadamos entre las tortugas y luego fuimos a la piscina del hotel y nos quedamos a comer allí. El servicio también muy atento. Compramos una tortuga de peluche en una tienda del hotel que ahora residen encima de nuestra cama.
También fuimos a Vaitape, la capital de Bora Bora, a hacer un poco de "shopping". Es un pueblo muy pequeño y no tiene grandes hitos arquitectónicos o escultóricos que ver (por no decir que no tiene ninguno), pero es un buen sitio para comprar pareos, ropa hawaiana y souvenirs varios. Por supuesto, el barco del St Regis atraca en el muello de Robert Wan, el mayor comerciante de perlas negras de la Polinesia. Esa parada estratégica conllevó la compra de varios collares, brazaletes y pendientes por indicación de mi esposa. La compra de perlas también nos permitió no tener que esperar a la salida de nuestro barco, ya que los de Robert Wan se ofrecieron a llevarnos en su barco en cuanto quisiéramos volver al hotel. No sé, siempre me dio la impresión de que por estar alojados en el St Regis tenías un plus de atención por parte de comercios y guías de excursiones.
Finalmente, el último día nos dejaron hacer un late checkout a las 5 pm, ya que nuestro avión a Papeete salía a las 6.30 pm. Nos vino a despedir al muelle la directora del hotel, que se excusó por no habernos venido a saludar antes. También vino Jaffar y otros miembros del staff con los que habíamos conversado en días pasados. En fin, un servicio de lujo y una atención exquisita. Si volvemos por Bora Bora, desde luego repetimos en el St Regis.
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