Mi pareja y yo hemos recorrido de cabo a rabo las islas de Fuerteventura, Lanzarote y Gran Canaria, entre otras cosas, motivados por las espectaculares playas de arena dorada que se dan en las islas más orientales. Conviene recordar que el emporio hotelero en estas islas es gigantesco y la calidad del servicio de hostelería, como en toda España, es de primera línea. No obstante, Canarias cuenta con algunas de las mejores escuelas de hostelería a nivel europeo dada la magnitud del turismo que acude a las islas cada año, unos 12 millones de visitantes. Hemos podido alojarnos en los hoteles más variopintos, todos excelentes y Río Calma ha sido el último. La ubicación, para quien busque descanso total, es perfecta, apartado de la urbe y del turismo de masas, al borde de la línea de costa y con las mundialmente famosas playas majoreras en las proximidades. Lo primero que salta a la vista es su caparazón arquitectónico, de gran belleza plástica, algo así entre colonial y veneciano, cuyo recinto abre un vestíbulo realmente colosal, con enormes corredores que conducen a las estancias del resort. Sembrado de balcones, vidrieras y patios, el hotel está ramificado de tal modo que te permite dar largos paseos sin salir de él. Los exteriores son magníficos, diseñados a modo de plaza con inmensos jardines tropicales, no recuerdo cuántos metros cuadrados tendrá, pero no escatima espacios y cada rincón está aprovechado para el disfrute de los amantes de las cámaras fotográficas. Me llamó la atención el uso ornamental de la piedra y el despliegue de colores del edificio y las plantas. El juego de jardines, de caminos, de puentes que conectan con piscinas, cascadas y fuentes es tan encantador que te hace olvidar que afuera hay unas playas paradisíacas. Fue un alivio comprobar que el precioso aspecto exterior está en consonancia con los interiores del hotel y la calidad del servicio. Las habitaciones son modélicas, dotadas con un mobiliario adecuado y confortable. Otras instalaciones importantes como el gimnasio y el spa son muy completos y de vanguardia, impecablemente limpios, se nota cuando un alojamiento cuenta con un servicio de mantenimiento que funciona como un reloj. La atención al cliente, intachable. La comida, acorde a un establecimiento de 4 estrellas, aunque los postres se pueden mejorar. Pero qué diablos, he disfrutado 5 días como un enano al lado de mi pareja en un lugar de ensueño que deberían recetar los médicos por salud a todo el mundo, una vez al año, ¿A quién le importan los postres?
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